miércoles, septiembre 07, 2005

Lo felino de Sofía.

Un gato pequeño, del tamaño de una baldosa, muy pequeño, sucio, hambriento. Un gatito que maullaba asustado bajo el auto de Sofía. Ese día habían anunciado lluvias. Ella no quería que el gato enano estuviera la tormentosa noche en la calle. Lo recogí con una mano. Tenía la cola tiesa y los ojos cubiertos por húmedas lagañas. Y Sofía se subió al auto, contenta por haber hecho una buena acción, siendo que el bicho se quedaría en mi casa, y partió sin despedirse. Tal vez tuve la ilusión que detuviera el auto. Tal vez quise que bajara del auto y me abrazara mientras yo sostenía al gato. Cosas que vienen a la mente cuando se está triste. Volví a la casa con el animal y lo alimenté con leche diluida en agua, consejo de mi abuela, además de permitirle dormir en el baño acurrucado como bebé que era, en la polera amarilla de Sofía.
Espero que no piensen que la ruptura con Sofía fue algo tan grave que cuidé del gato como recuerdo vivo de nuestra relación. Quizás si hubiera pasado así el párvulo animal habría corrido mejor suerte. Al día siguiente mi vecino lo encontró en su balcón. Un gato pequeño había aparecido en el balcón de un departamento en un noveno piso. De todas formas se quedaron con él, de hecho, ahora es un gato perezoso y rechoncho.
Concentrémonos en lo que quiero escribir. Aunque para mí esta historia será siempre papel: plana, blanca, de dos caras, vacía. Pero aún así, a pesar de mi auto-exigido olvido, en contra de mi voluntad de silencio, la memoria me pica y me rasco y me salen estas palabras. El amor, el que llaman verdadero, es trágico, sí. Más aún si tratas de olvidarlo.
Sofía cantaba en un tranquilo bar, el “Baratija´s”, cómodo lugar para tomar una cerveza en compañía sólo del vaso. Pocos conocidos frecuentaban el bar. No les interesaba un ambiente melancólico e inspirado en el blues. Sofía tenía una grandiosa voz, carajo, si alguna vez pensé que los ángeles alrededor de Dios cantaban lo mismo que la extraordinaria Sofía. Me atrajo el don de las melodías en sus labios. Fue un sentimiento egoísta, ella al cantar tendría que pensar en mí. Claro que estuve casi dos semanas planteando las estrategias para el abordaje. No era llegar y hablarle, no, eso habría sido brusco y evidente. Comencé entonces un romance de miradas. Ella cantaba y mis ojos penetraban en sus ojos, quería llegar al alma, coordinar su atención, y sin darme cuenta, me vi enamorado de una mujer que no conocía.
El tipo que atendía la barra comenzó a informarme sobre Sofía cuando (sin esfuerzo intelectual) notó cómo la observaba. Al principio lo negué todo. Después me ofreció una cerveza a cambio de la verdad. Caí en la trampa –en realidad no tenía importancia que supiera- y se estuvo jactando de su buen olfato para detectar lo que él denominaba “el acto seductor”. Ridículas patrañas de barman encerrado por cristal y alcohol. Como sea que vea el mundo, siempre lo verá deformado.
Sofía venía del sur. Hija menor de una familia de ocho hermanos. Dejó la casa a los dieciséis y nueve años después era cantante regular del “Barattija´s”. Le gustaban las ostras, el canto de las ballenas, el frío de la nieve, la lluvia, la arena. No bebía porque en su borrachera de estreno se tropezó y cayó dolorosamente por una escalera de piedra. Tampoco fumaba. La garganta se le irritaba con el humo, además que era un derroche gastar dinero en una caja de cartón. Le gustaba caminar por las mañanas, perderse en las calles, respirar el aliento del nuevo día. Y a veces realmente se perdía, situación en la que solicitaba a un taxista el regreso a su hogar, consiguiendo antes que no le cobrara. Algunos la llevaban, otros la tomaban por loca, y los restantes simplemente la ignoraban.
-¿Algo más?- pregunté. El barman no paraba de hablar. Y yo que iba a ese antro a esconderme.
-Sí- una maliciosa sonrisa le desfiguró la boca- Tienes una cita.- Una cita. No le bastaba al bestia aquél con saborear su ridículo acierto en la detección del “acto seductor”. No. Quería llevar al extremo su capacidad “psíquica”, casi como un estudio antropológico de las relaciones humanas en un ambiente controlado como es un miserable bar. Aún ante esta inesperada vuelta de tuerca continué con mi frívola actitud.
-Perdón, ¿una cita con quién?
-No hagas eso, amigo. No reprimas tus emociones.
Resulta que el barman también era psicoanalista. Virtud que todo individuo “posmoderno” se jacta de poseer. Carajo. Sólo había una salida.
-Cómo es que tengo una cita si ni siquiera ha terminado de cantar.
El barman amplió la estúpida sonrisa y divisé un diente de oro.
-Já. Porque ella me dijo cuando llegó. Fue directa. “Dile al desaliñado que se sienta siempre en la barra a mirarme como un psicópata que después del show me espere con un jugo de naranja”. La breve biografía fue un ingrediente que añadí yo. ¿A ti la incertidumbre no te provoca náusea?
Cerré el puño. Visualizaba cómo mi furia contenida en mis crispados dedos rompía en mil pedazos esa informe nariz del barman. Pero me limité a pedir otra cerveza. No estaba de humor para quebrarme un dedo trenzándome a trompadas con un proxeneta de ocasión.
Dejando de lado la desagradable conversación con el barman-recadero, caí en la cuenta que luego de dos semanas, era ella quien ahora quería conocerme. Estaba nervioso. Una lista de preguntas y acotaciones ingeniosas se agolpaban como neuróticas abejas en mi cabeza. Dios, la mujer de la que me había enamorado sin siquiera consultarlo con la razón, había concertado una cita conmigo a través del clarividente barman. (suspiro). Esto se salía de los estándares usuales en mi clásica táctica para dar el disparo inicial en una relación que me atraía concretar.
El saxofonista terminó su solo con un estruendoso chirrido que los amantes del jazz reconocían como habilidad de pocos. Sofía bajó de la plataforma sonriendo a los asistentes que aplaudían fervorosamente su performance. Claro, la mitad de los hombres estaban atentos a sus piernas y la otra mitad en sus pechos. Yo aplaudía con ellos, pero mi inquietud me elevaba por sobre esas vulgares percepciones: en menos de veinte segundos tendría que dirigirle la palabra a Sofía. Vi que saludaba a una pareja de homosexuales, a tres amigas y, después, sin otras escalas caminó directo hacia mí. El ojo izquierdo me tiritaba un poco. El sistema nervioso es en ciertos momentos más temperamental que los propios sentimientos.

La única vez que recuerdo haber sentido estas palpitaciones industriales en el pecho fue una tarde que María, la hija de Don Bonifacio, dueño del local “víveres y artículos de librería”, me tomó de la mano y me condujo al lugar más íntimo de su casa. El entretecho. Sin presentaciones previas me desabotonó la camisa, el pantalón, luego me quitó ambas prendas, las tiró en una esquina y estuvo unos instantes mirando mi semidesnudo cuerpo. Luego ella se quitó el vestido rosado, las infantiles ropas interiores y me besó con los labios húmedos. Al principio me pareció repugnante, pero luego al sentir ese aroma a niñita bien lavada, aromática a inocencia y shampoo barato, lo inevitable ocurrió. Ella aprovechó el auge de mi instinto masculino y bajó con algo de apuro mis calzoncillos. Me preguntó si yo sabía cómo hacerlo. Hacer qué, le respondí. Eso, replicó ella mientras exploraba mi cuerpo con su fría mano. Ah, contesté, aunque sólo Dios sabía a qué se estaba refiriendo. Finalmente nos pudimos comunicar. A los doce años me convertí en el despojador de la virginidad de una niña de catorce que temía morir sin nunca antes haber probado lo que sus padres tanto disfrutaban. Don Bonifacio murió de un ataque cerebral el año pasado. A María no la he vuelto a ver. Es más, ni siquiera recuerdo su rostro. Sólo la figura de su cuerpo desnudo tirado en el polvoriento piso de una íntima azotea.

-Hola.
-Hola.
-¿Te gusta como canto?
-Me parece que esa no es la pregunta adecuada.
-¿No? ¿Cuál es?
-¿Te gusta que yo te escuche?
Se quedó en silencio. Me miraba a los ojos y lo di todo por perdido con una introducción tan osada y machista. Sofía miró mi vaso.
-¿Dónde está mi jugo de naranja?
Oh, cierto. Segundo error. El futuro de esta amistad cabalgaba hacia mí como un corcel negro.
-¿No hay jugo de naranja?
-Lo olvidé.
Ella entrecerró los ojos. Un interrogatorio silente se transmitía por el aire. Pero hubo un escape. Nunca supe qué lo hizo posible.
-Entonces salgamos a caminar.
Salimos del “Baratija´s” sin decir otra palabra.

-o-

La calle húmeda era barrenada por un camión que me pareció un gigante hipopótamo de metal y lucecitas amarillas en la cabeza y el trasero. Sofía hablaba y caminaba rápido, como huyendo de cada esquina, perseguida por fantasmas o antiguos amantes. Con rápidos, cortos, y ágiles pasos recuperaba yo, de tanto en tanto, la distancia que nos separaba a causa de su constante carrera.
-¿Cómo se llamaba el lugar? –pregunté cuando llegué junto a ella. Yo esperaba que ella redujera el trote, adónde iba tan apurada (¿o siempre ha caminado así?).
–Es un clandestino. En la casa de un amigo. Si quieres puedes venir.
¿Si quería podía ir?
-Pensé que íbamos a un lugar tranquilo.
-Si quieres estar tranquilo entonces podemos vernos otro día.
Seguía volando calle abajo.
-Yo no dije eso. Yo sólo repetí tus palabras.
-Cuáles.
–Las del bar –hablarle corriendo se me hacía algo molesto.
-Sí, pero cuáles exactamente.
Ni siquiera se volteaba para mirarme. Y yo como Cuasimodo cojeando detrás de ella, servil, humillado, furioso, enamorado. El amor es vulgar, se entrega demasiado fácil a la esclavitud.
–No importa, dónde es la fiesta.
–Ah, entonces vienes.
–No creo tener otra alternativa –sonreí patéticamente.
Se detuvo. Me miró y un brillo de sorpresa encontré en sus ojos. Enroscó su brazo derecho con mi brazo izquierdo en un gesto de abierta ternura.
–Me llamo Sofía, ¿te lo dije? –estaba contenta, su voz emitía alegría.
–¿En griego no significa sabiduría? –sonreí y fue una sonrisa honesta.
-No significa nada. El griego es una lengua muerta.
Nos miramos. Desternillada de la risa me empujó y retomamos el exceso de velocidad. Pero no me importó porque ahora nos seguíamos con el mismo ritmo.

-o-

Sofía no dejó nada en el departamento. Una tarde que volvía fatigado de tanto teléfono y papeles me encontré con un clóset vacío, una cocina sin ollas ni calentador de agua eléctrico, un baño sin cremas ni cajitas de maquillaje. Como un silencio entró sigilosa a robarse a sí misma y se llevó sus cosas dejando la asfixiante presencia de lo ausente.
Me senté en el suelo, crucé los brazos y medité si aún quedaba algún objeto suyo en los rincones de lo que antes fuera nuestro hogar. Es depresiva la manera en que uno reparte cariño entre humanidad y los objetos; el aprecio es indispensable para convertir lo que sea en un recuerdo, vale decir, que sea algo que nos pertenezca como nos pertenece el alma. Conozco gente que quiere más a su televisor que a su familia. Yo (creo) aún prefiero lo humano.
Nada. Se había evaporado. Por donde caminaran sus largos pies ahora se acumulaba polvo. Estaba triste, borracho, seguro de haberle dicho que la amaba, aunque no recordaba por qué se había ido. Pasaba más tiempo hablando con extraños de mi soledad que tratando de reconstruir aquello que nos había separado para buscar alguna forma de revertirlo. En las cortinas la sombra del gato se deslizaba sinuosa. Maullaba. Salí al balcón para ver cuánto había crecido al cuidado de mis vecinos. La luna estaba llena. El gato se había ido. Entonces por un segundo dejé de pensar en Sofía y sentí pena de no poder acariciar al gato aunque fuera sólo un momento. En fin, la falta de Sofía me tenía bastante mal.

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