viernes, mayo 20, 2005

Variaciones sobre "Despertar bajo Cero", II.

Seis de la mañana. El viento del norte agitaba las ramas de los gigantescos árboles y la violácea luz del Nuevo Sol ocupaba el horizonte como telón. A lo lejos se distinguía una columna de humo. Gruesas bandadas de pájaros volaban en dirección contraria al fuego. Martín destapó el vaso de café y pensó que tal vez el incendio que se disponía a apagar no iba a resultar simple como los otros. Algo estaba mal. Lo presentía.
- Capitán, sólo quedan cuarenta kilómetros para llegar –le indicó el piloto primero Almarez-, ¿cuál es el plan?
Cómo podía saberlo. La estación de monitoreo no había entregado antecedentes acerca del siniestro que afectaba al área Atacama y, por tanto, sólo podría pensar en un plan cuando estuvieran sobrevolando el sector de la jungla que estaba ardiendo.
- Revisa el scan, Almarez, y dime desde que profundidad emergen las llamas.
Tomó dos sorbos del amargo café que producían en el sector Tierra del Fuego para las unidades especiales aéreas del Departamento de Control y Seguridad Agrícola y Forestal, DECONSAFOR, institución a la que había ingresado luego de ser expulsado de la FACOCH, fuerza aérea colonizadora de Chile, por incumplimiento de tarea asignada. Tonterías. Cruzar la Fisura que mantenía al Cono Sur como una isla-continente para chequear el estado de la tierra en el otro extremo del planeta no había sido “incumplimiento de tarea asignada”, sino un deber como ser humano. De pequeño siempre escuchaba historias de ondas caloríficas insoportables a causa del sol que moría lentamente por la entropía, fenómeno que sin explicación alguna varió y convirtió al sol en el Nuevo Sol, una nueva fuente de energía que permitió que el proyecto García-Giannini se pudiera llevar a cabo. Martín notó que la aeronave volaba demasiado cerca del colosal bosque. Dio un empujón a Almarez.
- Más arriba, piloto –dijo seriamente-, no querrás que choquemos con estos gigantes de madera y que luego pasen meses buscándonos en la Gran Selva.
La Gran Selva. El proyecto García-Giannini al principio no convencía a nadie hace cien años. Ahora, mirando por la ventanilla de reconocimiento, nadie podría negar que el territorio chileno no se asemejaba en nada a las áridas llanuras que avistó al rebasar la frontera de la Fisura. Sólo la isla Cono Sur poseía vegetación. El resto de la Tierra era un vasto desierto inhabitable, distinto a los bosques de cientocincuenta o más metros que sobresalían de espesas extensiones vegetales. El hecho es que el proyecto había salvado del hambre y la falta de oxígeno a los hombres. Y ese era su trabajo. Resguardar de cualquier posible peligro las milagrosas y descomunales plantaciones que proveían de alimento a las Ciudades-Satélite del Renacido Chile.
- Capitán –la voz de Almarez sonaba insegura-, acérquese y vea esto.
Almarez apuntaba la pantalla del scan. Unas lenguas verdosas tintineaban en la octogonal pantalla.
- Ese es el fuego, Almarez –dijo Martín sin entender la preocupación del piloto primero.
- No, Capitán –insistió Almarez-, vea bien.
Martín se quitó los lentes negros y miró con mayor detenimiento. En efecto, un punto rojizo pulsaba entre las verdes imágenes del scan.
- ¿Qué es eso, Almarez? –preguntó.
- No sé. Está al centro del siniestro, pero no es fuego, Capitán, se lo aseguro. Veamos –Almarez apretó un par de botones-, según el analizador es un elemento compuesto por un metal no conocido, de forma esférica, que pareciera emitir algún tipo de señal.
- Comunícate con la Central. A ver si nos pueden ayudar con esto al menos.
- AN-334 a Central zona 47, AN-334 a Central 47, responda...
Martín aguardó en silencio la respuesta. Un leve rumor de motores vibraba por la cabina. Estaban ya a dos kilómetros de la columna de humo que parecía un grisáceo pilar nebuloso que sostenía el cielo.
- Aquí Central zona 47 a AN-334, responda.
Por los audífonos Martín escuchó fuerte y claro la voz del controlador de turno.
- Habla el Capitán Monrea de la AN-334.
- Buenos días, Capitán –contestó amable el controlador-, ¿problemas con el fuego?
- No, más bien con otra cosa –dijo Martín sin prestar atención al saludo de su interlocutor-. Hemos detectado un objeto extraño que nuestros sistemas no pueden reconocer. Solicito un scan satelital en las siguientes coordenadas... –las leyó en la pantalla de vuelo.
- Bien, un momento –respondió el controlador-, de inmediato recibirá los datos, Capitán.
La Central cortó la comunicación. Almarez sobrevolaba ya el sitio del incendio manteniendo altura y posición.
- Permiso para liberar las bombas A, Capitán.
Martín seguía mirando la mancha roja que pulsaba en el scan.
- Olvídalo, Almarez. Si tiramos una bomba sin saber que es eso que está allá abajo no sabemos que podemos ocasionar. Es demasiado riesgoso.
¿Pero qué podía ser? El área Atacama no estaba permitida a ningún ciudadano por tratarse de complejos agrícolas Prioridad Uno, por lo que dudaba que aquello que estaba en el fondo de la Gran Selva, entre las llamas, fuera humano. ¿Algún nuevo experimento derivado del proyecto García-Giannini? Él al menos estaría enterado. Una señal en la pantalla de su computador indicaba mensaje en espera. Bajó los datos reportados por el Fasat-Alpha 7. Un mapa digital se abrió en la pantalla y el punto rojo fue aumentando el tamaño de su imagen hasta que Martín pudo apreciar bien la forma del objeto. No podía creerlo. Envío la imagen a la pantalla de vuelo para que Almarez la observara. Éste al verla abrió los ojos.
- Capitán –balbuceó-, esto... no puede ser posible.
Martín suspiró.
- Lo estás viendo, Almarez.
De pronto, la pantalla verdosa cambió a un intenso amarillo. Los sistemas avisaban de la rápida aproximación por sobre ellos de un objeto similar al que estaba en los monitores.
- ¡Rápido, Almarez! –gritó mientras ocupaba su sitio-. ¡Tomemos altura antes de que esa bola nos choque y nos arrastre hacia el fuego!
Almarez deslizó rápidamente sus manos a los guantes de control con los que piloteaba el avión, los empuñó y en un movimiento brusco hizo retroceder la nave para poder elevarse.
- ¡La veo, Almarez, la veo! –Martín miraba por la ventanilla- ¡Viene directo a nosotros! ¡Elévate, Almarez, ahora!
La nave se ladeó unos cuantos grados y levantando la punta puso en marcha los motores de ascenso. Una bola de unos dos metros de diámetro rozó el ala izquierda de la nave, llevándose en la carrera un pedazo de la misma. El avión cambió bruscamente la posición. Descendía a causa del impacto. Almarez trataba con notable esfuerzo de mantenerla estable.
- ¡Central zona 47, avión AN-334 impactado por meteoro y con posibles fallas de navegación! –Almarez entre los esfuerzos de mantener en el aire el avión gritaba desesperado- ¡Solicito rescate en las coordenadas...!- Martín mientras examinaba el terreno para calcular el mejor lugar para el aterrizaje forzoso.
Caerían entre las llamas, idea que no le agradaba mucho. Sin pensarlo dos veces, liberó las bombas A. Almarez pudo controlar mejor la aeronave debido a la ligereza que logró en las maniobras por la falta de las bombas, aunque no pudo evitar que continuaran cayendo.
- ¡Capitán! –gritó Almarez-, ¡agárrese que ya es poco lo que puedo hacer!
Se escucharon cuatro detonaciones. Una intensa luz azul cegó por unos segundos a Martín. Luego vino el duro golpe con la tierra. Y después, silencio.
- ¿Almarez? –preguntó mareado Martín.
El piloto primero estaba apoyado sobre los monitores de la cabina de vuelo. Un agudo cristal le había atravesado el cuello. Se convulsionaba. Martín tiró de él y vio como Almarez vomitaba sangre entre guturales sonidos. No podía hacer nada por él. Cerró los ojos y cuando notó que Almarez ya no se movía, los abrió de nuevo. Su compañero estaba muerto.
- ¡Mierda! –se cubrió la cara con las manos manchadas de sangre.
El Capitán abrió la escotilla. Los controles y los sistemas de comunicación no funcionaban. Del compartimento de emergencia extrajo tres luces químicas, algunas inyecciones y cápsulas para evitar la deshidratación. No sabía cuánto tiempo pasaría antes de que lo hallaran en la Gran Selva. Miró hacia arriba. Un árbol que se elevaba entre el denso follaje y aún humeaba por el fuego dejaba pasar entre las crepitantes hojas la luz de la mañana. Las bombas A se habían encargado del incendio, como siempre, pero eso no alentó en nada a Martín. Almarez estaba muerto y él estaba solo en páramos que conocía únicamente por fotos de satélite y scan. Se alejó un par de pasos de la destruída nave. Encendió una de las luces. Inspeccionó los alrededores. Plantas gigantes lo rodeaban; se sentía como un insecto en un laberinto de vegetales. Tuvo ganas de gritar, más se contuvo al ver que a un par de metros la esfera causante del desastre pulsaba una luz roja. El cráter que la rodeaba era de unos diez metros de diámetro y unos ocho de profundidad. Alrededor de ella unas ramas carbonizadas humeaban.
- Esto causó el incendio –dijo Martín-, esta maldita bola con el impacto en la tierra.
Supuso que el segundo impacto incandescente había sido extinguido eficazmente por las bombas A. Se acercó a la esfera que tenía cerca. El olor a madera quemada se confundía con el olor del metal recalentado, parecido al azufre. Cuando estuvo cerca, la esfera se abrió, separándose en dos mitades iguales, cayendo la superior al suelo. Martín bajó los ocho metros intrigado por el comportamiento de la esfera y vio que al centro de la semi-esfera había una circular pantalla celeste que incrementaba su intensidad a medida que Martín se acercaba. Una vez al lado en la pantalla Martín pudo leer: APROXIMACIÓN HUMANA / INICIO TRANSMISIÓN. Una voz digital comenzó a hablar.
- Esta es una sonda de reconocimiento Saris en busca de vida humana en el planeta Tierra. Identifíquese.
Martín sin pensarlo, respondió.
- Martín Monrea, Capitán de la DECONSAFOR.
La máquina guardó silencio.
- El proyecto García-Giannini. ¿Resultados?
¿Resultados?
- Incremento de la capacidad del planeta para reproducir especies vegetales al punto de incrementarlas en un trescientos por ciento proveyendo a la población de la isla Cono Sur de recursos alimenticios inagotables y regeneración de la atmósfera... –le pareció estúpido estar contándole los beneficios del proyecto a una cosa que venía del espacio.
- Enviando mensaje. Tiempo estimado de recepción en la colonia Alpha-Centauro, un año luz. Gracias, Capitán Monrea, la humanidad podrá regresar a su hogar.
La última parte del mensaje no parecía ser parte del monólogo de la máquina. Enrtonces comprendió. Los hombres que habían iniciado hace cientocincuenta años un viaje de colonización hacia rincones inhóspitos del universo tratando de huir del Viejo Sol estaban enviando sondas para saber si el regreso era posible. El Hombre investigaba su propio planeta. Se sentó en la tierra y no pudo más que reír. El hogar que alguna vez la humanidad había destruido quería ser recuperado por quienes lo dañaran hace siglos irremediablemente. Y para hacerlo ya habían provocado un incendio y la muerte de un funcionario de la DECONSAFOR. Sintió en esos momentos que los extraños que viajaban por el vacío del espacio trataban de invadir lo que con tanto esfuerzo tratara de proteger: el mundo o lo que quedaba de él. Rió de nuevo. El Hombre venía a invadir al Hombre. Un avión se acercaba. Podía sentirlo. Lo venían a rescatar. Por última vez.

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